Los “beneficios” del multiculturalismo en Brasil

Herrwolf
Daily Stormer
27 junio, 2017

El multiculturalismo según la Judenpresse.

Brasil es probablemente la capital mundial del multiculturalismo y diversidad racial; al caminar por las calles de Brasil se pueden ver a todas las razas habidas y por haber, y todo un nuevo espectro entre estas aun por clasificar.

Brasil es nuestro futuro, la utopía multirracial que la Judenpresse nos vende sin censar como el pináculo de la civilización.

Los judíos no paran de hablar sobre ese paraíso multicultural del futuro, una vez que maximicemos la inmigración no-blanca hasta el punto en que cualquier concepto de nación sea irrelevante y obsoleto, y sólo seamos una masa de diferentes grupos mezclados entre sí, tomándonos de las manos mientras cantamos Imagine.

La cuestión es que ese “paraíso” ya existe: se llama Brasil.

Básicamente, es exactamente el tipo de mezcolanza racial que el judío nos vende como el camino al siguiente eslabón evolutivo.

Y este es el tipo de cosas que suceden en estos paraísos.

El País

Desde su pupitre, Renan, de 13 años, no consigue enumerar más de tres países sin trabarse –“Brasil, eh… Argentina, México, ehhh….”–, pero recita de carrerilla nueve tipos de armas: “Snipe, Ak-47, 7.65, AR-15, Bazuca, calibre .50, calibre 12, Glock, ametralladora giratoria…” En la clase de al lado, Guilherme, de 14 años, es capaz además de imitar el sonido de los tiros: la ráfaga interrumpida del AK-47, el eco seco de la pistola, el estruendo de un lanza granadas. “Es lo que oímos todos los días”, se justifican.

Los dos, chicos negros y pobres, son alumnos de una escuela municipal de Río de Janeiro enclavada en un complejo de favelas dividido por un río fétido, una línea de tren y la guerra entre tres facciones de narcotraficantes, a 36 kilómetros del Cristo Redentor.

Decenas de miles de niños en Río estudian en colegios en áreas de conflicto, dominadas por los narcos y sometidas a las frecuentes incursiones de la policía. Son barrios en guerra. Hay tiroteos casi diarios, muertos, balas perdidas y los chavales crecen aprendiendo protocolos para sobrevivir, en casa, pero también en clase. La crisis económica que atraviesa Río ha recrudecido casi todos los índices de violencia, la policía sufre con falta de recursos y el narcotráfico ha intensificado sus actividades criminales y sus disputas.

El cole ya no es un lugar seguro. En los primeros 82 días lectivos de 2017, solo hubo siete días de paz en los que ninguna de las más de 1.500 escuelas municipales tuvo que cerrar sus puertas, fueron casi 120.000 niños sin cole.

Cuando el fuego cruzado sorprende a los pequeños en clase los profesores ya saben qué hacer. Todos corren hacia los pasillos y se tumban en el suelo esperando que vuelva el silencio. Fue lo que ocurrió el pasado 31 de marzo en la escuela de Renan y Guilherme cuando la policía irrumpió en la calle del colegio en pleno horario escolar.

Dos traficantes fueron abatidos y después ejecutados frente al muro de la escuela y Maria Eduarda, de 13 años, que estaba en clase de educación física en el patio, no tuvo tiempo de esconderse. Varios tiros de fusil la alcanzaron mientras bebía agua y, por lo menos, uno de ellos partió del arma de un policía. “Murió delante de todos. Acababa de decirnos cuánto nos amaba. Es inhumano”, solloza Fabio, de 15 años, amigo de Maria Eduarda.

Viviendo la utopía multicultural, ¿No es hermoso?

El muro del colegio, con más de 20 perforaciones de fusil, era la imagen de la barbarie. Tras casi un mes sin clase, dedicado a la atención psicológica de alumnos y profesores, la escuela volvió a su rutina y, además de recuperar el contenido atrasado, intenta borrar las marcas de la tragedia. El muro ya no es blanco y las marcas de la pericia policial que rodeó con rotulador cada impacto de tiro se han sustituido por un mural de un cielo azul en el que vuelan pájaros y peces de colores, crecen plantas y un electrocardiograma con 23 corazones intercalados recorre la pared. Uno por cada bala. Al doblar la esquina, sin embargo, sigue ahí un punto de venta de drogas protegido por adolescentes con fusiles al hombro y si se pregunta en una de las salas de aula cuántos ya han perdido un familiar por culpa de la violencia, 17 de 22 alumnos levantarán la mano.

La subdirectora de un colegio con las paredes, pizarras y puertas llenas de balazos, guarda en una bolsa de supermercado todos los casquillos encontrados en la escuela en el último año. “Gasto más en sustituir los cristales de las ventanas que en material didáctico”, lamenta y pide que ni ella ni la escuela sean identificadas por miedo a represalias. El colegio, con cerca de 500 niños de cinco a 14 años, es uno de las que se encuentran en la llamada Franja de Gaza, una calle estrecha que divide los dominios de dos facciones criminales en el complejo de favelas de Maré, ocupado temporalmente por las Fuerzas Armadas en las vísperas del Mundial de 2014. Ese territorio se disputa a tiros y los colegios, que sirven de trinchera, se desangran. “Perdemos alumnos que se pasan al narcotráfico, a otros los matan, otros se mudan con sus familias a un lugar más tranquilo y otros tienen que abandonar porque viven dos calles más allá y la facción rival no les permite atravesar”, lamenta la subdirectora.

No cabe la menor duda, Brasil es un paraíso de igualdad y diversidad. Y es exactamente lo que necesitamos en Europa, que nuestra juventud estudie al mismo tiempo que esquivan balas volando sobre sus cabezas. Después de todo es bueno para la economía, y arreglará el problema de la baja natalidad.

Los países con mayores índices de asesinato son precisamente los más “multiculturales”. Esto no es una opinión, son los hechos. No necesitamos viajar al futuro para saber a dónde se dirige Occidente con la locura de la “diversidad”, “multiculturalismo”, y demás eufemismos de genocidio blanco. Los europeos no tenemos nada que ganar con el multiculturalismo. Los únicos que pueden beneficiarse de una mayoría desorganizada, dividida, enfrentada y sin identidad son las minorías organizadas, unidas y conscientes de su identidad racial.

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